Los Juegos reflejan los tiempos: la política y las Olimpiadas modernas

21

Los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026 en Milán Cortina estuvieron marcados por un nivel inusual de fricción política, lo que ilustra una tendencia creciente: los Juegos modernos ya no son espectáculos escapistas, sino arenas donde los conflictos nacionales e ideológicos se desarrollan en tiempo real. Desde abucheos dirigidos al vicepresidente JD Vance en la ceremonia de apertura hasta atletas que cuestionaron abiertamente su representación de los Estados Unidos bajo la administración Trump, el evento subrayó una verdad simple: la separación entre deportes y política es un mito.

Los atletas hablan en medio de la controversia

Varios atletas estadounidenses expresaron inquietud por competir para una nación envuelta en agitación interna, particularmente en relación con las acciones de ICE y las políticas de la administración hacia los inmigrantes y la comunidad LGBTQ+. El esquiador de estilo libre Hunter Hess expresó sin rodeos su malestar y aclaró que “sólo porque lleve la bandera no significa que represente todo lo que está pasando en Estados Unidos”. La patinadora artística Amber Glenn se hizo eco de este sentimiento y enmarcó el clima actual como un catalizador para la unidad entre los grupos marginados.

Estas declaraciones provocaron una reacción inmediata del presidente Trump, quien calificó a Hess de “perdedora” en Truth Social, mientras que Glenn recibió una avalancha de amenazas, lo que la obligó a alejarse de las redes sociales. Esta respuesta pone de relieve una dinámica más amplia: los atletas que se desvían del fervor nacionalista esperado enfrentan consecuencias políticas directas.

Una tendencia creciente: los atletas como activistas

Este no es un incidente aislado. Los Juegos de 2026 reflejaron las tensiones observadas en los Juegos de Verano de París de 2024, donde la boxeadora argelina Imane Khelif se convirtió en un punto álgido en los debates sobre los atletas transgénero, a pesar de no identificarse como transgénero. El patrón se remonta a los Juegos Olímpicos de la Ciudad de México de 1968, donde Tommie Smith y John Carlos utilizaron el medallero para protestar contra la injusticia racial.

La creciente disposición de los atletas a politizar sus plataformas refleja un cambio cultural más amplio. Como señala la profesora de medios y cultura popular Simone Driessen, “es de esperar que los atletas hablen sobre sus creencias”. Las celebridades, incluidos músicos como Taylor Swift, se han vuelto abiertamente políticos, sentando un precedente para atletas con visibilidad comparable. Esta tendencia se ve exacerbada por las redes sociales, que amplifican tanto el apoyo como la condena.

La ilusión del deporte apolítico

La idea de que los Juegos Olímpicos deberían ser “apolíticos” es cada vez más insostenible. Como señala el patinador artístico Adam Rippon, “es imposible creer que la política no esté entrelazada con todo lo que hacemos”. El clima político actual, particularmente bajo la administración Trump, ha hecho que hablar abiertamente sea más peligroso pero también más crucial. Los atletas ahora corren el riesgo de sufrir repercusiones reales por disentir, pero sus voces ofrecen una narrativa contraria a los mensajes oficiales.

Este cambio no se trata de inyectar política en los Juegos, sino de reconocer que la política siempre estuvo presente. La ilusión de neutralidad se ha hecho añicos y los atletas ahora están desafiando abiertamente la expectativa de que representar a un país equivale a respaldar sus políticas. Los Juegos Olímpicos, ya sea intencionalmente o no, se han convertido en un espejo que refleja las luchas y divisiones de las naciones en el mundo real.

En conclusión, los Juegos de Invierno de 2026 no fueron sólo un evento deportivo; eran un campo de batalla cultural y político. La voluntad de los atletas de hablar, a pesar de enfrentar reacciones negativas, subraya la verdad ineludible de que los deportes, como todos los aspectos de la vida moderna, están profundamente arraigados en las realidades políticas.