La prueba de resistencia: por qué la gente elige ver películas de 7,5 horas

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La capacidad de atención humana está bajo asedio. Desde el frenético desplazamiento por las redes sociales hasta el ritmo implacable de la vida moderna, nuestra capacidad de concentración se ha visto erosionada. Pero está surgiendo una tendencia curiosa: la gente se somete deliberadamente a pruebas de resistencia cinematográfica extremas. Recientemente, más de 250 espectadores en Manhattan se sentaron voluntariamente a ver Sátántango de Béla Tarr, una epopeya húngara de siete horas y media, para confrontar este mismo fenómeno.

El auge del “cine lento” y la crisis de atención

La película, un estudio en blanco y negro de un colectivo agrícola en quiebra, no es sólo larga; se siente largo. Tarr utiliza tomas extraordinariamente largas, con un promedio de 2,5 minutos cada una, en comparación con los pocos segundos típicos en Hollywood. Esto no es accidental. Esto es parte de un subgénero en crecimiento conocido como “cine lento”, diseñado para forzar la contemplación en lugar del entretenimiento fugaz.

El momento no es una coincidencia. Los informes advierten cada vez más sobre una “crisis de capacidad de atención” generalizada. Los padres están demandando a las empresas de redes sociales por supuestamente secuestrar la atención de sus hijos con algoritmos adictivos, y los educadores lamentan que incluso los largometrajes estándar tengan dificultades para mantener la atención de los estudiantes después de la pandemia. Algunos argumentan que los servicios de streaming ahora insertan puntos redundantes de la trama sólo para mantener a los espectadores medio comprometidos en el apuro.

¿Por qué elegir sufrir?

Tyler Wilson, programador de Cine en el Lincoln Center, explica que el atractivo reside en la disciplina compartida. “Hemos debilitado el músculo de la atención sostenida”, dice. “Esto ofrece la oportunidad de sentarse, no mirar el teléfono ni charlar”. La experiencia es deliberada, casi ascética.

El impacto es visceral. Ver una película tan prolongada cambia la percepción. Los detalles se vuelven hipervisibles: las gotas de lluvia en los cuellos, la lenta decadencia del sol poniente. Las irritaciones menores, como el crujido de los bocadillos o el zumbido de los relojes inteligentes, se vuelven intolerablemente una distracción.

Más allá de la tendencia: ¿una búsqueda de significado?

El acto de soportar Sátántango no se trata sólo de resistir la distracción; se trata de recuperar la capacidad de un compromiso profundo. La película exige paciencia, lo que obliga a los espectadores a habitar un ritmo temporal diferente. Lexi Turner, que enseña cine lento en el Marymount Manhattan College, enfatiza que estas películas enfatizan el valor inherente de pasar tiempo con una imagen o experiencia.

La experiencia también ofrece perspectiva. Quejarse de una película larga parece absurdo en comparación con las dificultades que se describen en la propia película: las brutales realidades de un colectivo agrícola de la era soviética.

¿Una contratendencia?

Wilson señala que el público busca estas experiencias. Las proyecciones de Sátántango se agotaron rápidamente y se agregaron espectáculos adicionales debido a la demanda. Él cree que esto sugiere una reacción contra la fracturada economía de la atención. “La gente tiene atención”, dice. “Simplemente no tienen muchos lugares donde puedan usarlo”.

En última instancia, ver una película de 7,5 horas es un acto de desafío específico. No se trata de demostrar algo ni de ganarse el derecho a alardear; se trata de elegir recuperar una habilidad perdida en un mundo diseñado para erosionarla. El público que asistió a la proyección quedó absorto, pendiente de cada movimiento lento de la cámara, de cada paso penoso por el barro.